martes, 30 de julio de 2013

PASEO EN LA OSCURIDAD

Quiero escribir esto ahora que he salido de la ducha después de volver de mi solitario paseo nocturno…

Hoy, pasada ya la medianoche, he decidido salir a correr por el campo solo. Quien dice correr dice caminar, porque correr, solo corro hasta donde puedo, y el resto del camino lo voy haciendo “xino-xano”, como se dice en catalán, o sea poco a poco. No es algo que no haya hecho ya otras veces, aunque es verdad que hacía ya un par de años que no hacía una salida así y, para colmo y aún a sabiendas, esta vez ni siquiera me he molestado en coger una linterna para iluminar mi camino y moverme en la oscuridad, ya que por norma general, cuando camino de noche lo hago a oscuras, excepto en aquellos trayectos más dudosos, cuando me interno en el interior de los bosques y las ramas y copas de los árboles impiden que la luz lunar y de las estrellas iluminen nítidamente el camino.


¡En fin, sabía que si salía sin linterna probablemente no llegaría muy lejos, y así ha sido! He dejado atrás la ciudad, he dejado atrás los diseminados, he dejado atrás la última farola que ilumina el camino, y pasada ésta el pequeño cementerio que hay en la Vall de Sant Daniel, y a los pocos minutos la última casa del camino, pero una vez he dejado atrás todo rastro de civilización (excepto el camino en sí mismo) y he empezado a internarme en el bosque, he tenido que ir frenando mis pasos. Podía haberme internado algo más en el espesor nocturno de lo que he hecho, puesto que el camino es claro, y pese a las sombras nocturnas que proyectan los árboles bajo la luz de la luna decreciente y las estrellas, podía ver donde pisaba. Pero en esa oscuridad en la que apenas veía unos metros por delante de mí, todo era un misterio: los árboles pequeños y achaparrados se me antojaban trolls informes, los arbustos altos al lado del camino parecían figuras humanas detenidas en un extraño rictus como si observaran como espectros, las lejanas luces en la montaña eran como un misterio... Sin la luz de una linterna podía haber continuado mi camino, pero me sentía indefenso.

Silencio. En la oscuridad hay un silencio misterioso, mágico, que sólo se ve interrumpido por el sonido de los grillos, el croar lejano de las ranas, el suave aletear de algún murciélago y el extraño crujir de las ramas, hierbas y arbustos, quizás mecidos por el viento, quizás causado por algún animal… Sonidos que despiertan todos tus sentidos. Estás solo y sientes miedo, pero a la vez se despierta tu instinto cazador, estás a la defensiva, pero también al acecho de cualquier sonido, pues incluso tu misma respiración se te antoja como la respiración de alguien que está a tu espalda.

Y sin embargo, como digo, ese miedo tiene algo mágico. Por un lado, ese miedo te pone en alerta, despierta todos tus sentidos, y ello hace darte cuenta de cuanto puedes percibir a tu alrededor aún en una noche tranquila y serena. La noche parece silenciosa, pero está llena de ruidos, sonidos, olores y movimientos. Una parte de lo que crees ver y sentir forma parte del mundo de la imaginación, pero otra parte es real, más real de lo que suele ser habitualmente, pues tus sentidos parecen funcionar al cien por cien.

Y en esa oscuridad vienen a mi cabeza esas historias mágicas de duendes, hadas, aparecidos, demonios, asesinos en la noche y extrañas criaturas. Recuerdos remotos de aquellos tiempos en que vivía en el campo, allí, en las cercanías de Cardona, o de aquellos veranos que pasaba Cal Marçal, al lado de Puig-Reig. Esos veranos de campo en el que la gente salía de sus casas y se contaban historias de miedo y leyendas, y cogíamos la bicicleta y nos íbamos al río, o jugábamos al escondite entre graneros, garajes, lavaderos y naturaleza.

Sí, me crié en el campo, y allí las cosas eran de otra manera. Las noches de verano eran noches cálidas donde los vecinos compartían momentos de charla agradable y algo más profunda que las charlas que pueden darse en un bar de ciudad o en un Pub, porque en esas conversaciones había magia, habían historias, habían cuentos que provenían de años atrás, de aquella época en la que los padres contaban historias que les habían contado los padres de sus padres…

Y en la oscuridad, solo, esos recuerdos me venían a la cabeza, a la par que el miedo que revivifica y te hace sentir que el mundo es más real cuando estás solo y estás alerta.

Finalmente he dado la vuelta y he regresado a casa. Calculo que podía haberme internado alrededor de medio kilómetro más en el bosque antes de coger el camino de tierra oscura en el que probablemente ya no hubiera visto nada… pero no me he atrevido. No sin una luz. El bosque se me antojaba vivo. No lleno de vida, sino vivo…

Así debían de sentirse los hombres de antaño en la oscuridad.

He dado la vuelta sobre mis pasos y he regresado con calma a casa, desandando lo andado: aquella última casa signo de civilización, que ahora se me antojaba ser la primera casa, el pequeño cementerio al lado del camino, la primera farola… del campo he pasado a la parcelas, y de aquí a la ciudad.

He vuelto a casa.

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